Carlos Montemayor a 55 años del 23 de septiembre en Madera y a diez años de su partida física: “Las mujeres del Alba”

Por: Alexandro Guerrero

Este 23 de septiembre se conmemora  el 55 aniversario del asalto al Cuartel de Madera llevado a cabo en Madera Chihuahua en 1965 por el Grupo Popular Guerrillero, encabezado por el profesor Arturo Gámiz y el doctor: Pablo Gómez Ramírez. A esta primera acción de insurrección -que Carlos Montemayor definiría como la primera de las guerrillas contemporáneas en México- se sumaron miembros de la sociedad hartos de no ser escuchados ante sus peticiones agrarias, con las que en realidad sólo buscaban una forma digna de trabajar, aunque desde luego también iban implícitas convicciones para construir un nuevo país, con un régimen político distinto, más justo.

Se cumple este 2020 ya una década también de la desaparición física del maestro  Montemayor quien nace un 13 de junio de 1947 en Parral, Chihuahua. Escritor, traductor y activista político en defensa de las lenguas indígenas, comprometido no sólo con su profesión sino con las causas populares; en él reconocemos a un activista político y luchador social.

LAS MUJERES DEL ALBA (Su novela póstuma)

“…Porque siempre había oído de ellos que si alguien caía en la lucha surgirían otros. (…) “Ya cayeron los primeros, pues. Ahora ¿quiénes seguimos? ¿Dónde están los que debían seguir?” Ya había pasado mucho tiempo, casi todo un día. Porque los primero cayeron al amanecer, muy temprano. Pero ya lo supimos, ya ocurrió. Ya cayeron los primeros que tenían que caer. ¿Y ahora qué? ¿El mundo qué, seguir igual, sin que nada cambie? Eso no me parecía correcto. ¿Dónde están los demás que tenían que levantarse detrás de ellos? Eso me torturaba. Morirse y que ni el viento se diera cuenta. No me parecía correcto, qué va. No era miedo, yo no he tenido miedo y nunca quise que mi hijo conociera ese sentimiento. Pero ya era sabido que si nos quedábamos sin ellos, otros teníamos que seguir. ¿Y dónde estaban? Eso me torturaba, no el miedo, no, qué va. Eso me ofendía… (pp. 53-54)

Se hacían también muchos mítines. Pero sólo se juntaban profesores y estudiantes. “Si las cosas siguen así, como este día”, le repetía a Tiburcio, “los profesores y los estudiantes ya no se meterán, porque el pueblo no agradece, no se inconforma”. Tiburcio movía de un lado a otro la cabeza, no quería ya oírme. “Pero me tienes que oír, Tiburcio, no te puedes negar”, le insistía. Porque el pueblo no se mete. En los mítines la gente se quedaba atrás, sin compromiso. Y se reían. Les decían “alborotapueblos” a los profesores y a los estudiantes. Pero los profesores y los estudiantes saben lo que dicen como estudiados que son. Quieren defender al pueblo y le pueblo se esconde.

 Los grupitos de hombres huevones estaban en las esquinas, viendo de lejos. Sólo se acercaban los más allegados. La gente hablaba de “revoltosos”. No decían “los estudiantes” o “los profesores”, sino “los revoltosos”. Pero los estudiantes, ¿qué necesidad tienen? Los profesores ¿qué necesidad tienen? La necesidad la tiene el pueblo bajo. Y no hacen nada desde el pueblo. Parecía que sólo fuera por el gusto de los profesores y de los estudiantes. Eso no lo entendía yo, no lo aceptaba ni lo voy a aceptar. El pueblo es muy bueno para aplaudir. Para eso son muy buenos. Y los viejos huevones allá estaban oyendo, riéndose de los que estaban abajo. Por las ventanas se le veía, se estaban riendo de los disparates que acá se estaban diciendo. (pp. 61-62)…Mi hijo seguía en la lucha. Y quien está en la lucha mide el tiempo de otra manera. Mide también la muerte y la vida de otra forma. Sus primeros compañeros cayeron con el doctor Pablo. Luego con Óscar Gonzáles murieron más. No sé quién seguirá ahora entre nosotros o en otros lugares. Yo vivo como cualquiera: no entiendo las cosas con otra medida, y le tiempo se me alarga y se me acorta. Pero bien sé que mi hijo no se ha despedido. Aunque la ciudad de México sea inmensa, aunque el país sea interminable, Matías va, viene y vuelve donde tiene que andar. Y parece como si yo le siguiera el paso sin incomodarlo… (pp. 209-210)”

“¿Cuándo se enteró del ataque al cuartel?”, le pregunta Miguel Bonasso a Carlos Montemayor en una entrevista publicada en el periódico de Buenos Aires Página 12, el 26 de octubre de 2003. Él responde: “Me enteré aquí, en un periódico mural de la Universidad. Y me sorprendió mucho, porque eran mis amigos. Me sorprendió esa decisión que habían tomado vaya a saber cuántos meses atrás. Me sorprendió su radicalización y la decisión de alzarse en armas, pero lo que más me sorprendió es que el periódico los tratara de ‘criminales’, ‘roba vacas’, ‘gatilleros’. Yo los conocía, a mí me constaba su dignidad, su honestidad, su generosidad, su inteligencia. Y la posibilidad de que la versión oficial fuera a desvirtuar de un brochazo la verdad humana, me conmocionó y me marcó para siempre. Toda mi tarea como investigador, como profesor cuando lo he sido, como escritor, como novelista, se deriva de esa necesidad de ir deslindando las verdades oficiales de las verdades humanas. Como ve, cuando decido escribir Las armas del alba había muchas cosas acumuladas a lo largo de los años que yo quería soltar y el tema estaba demasiado cercano”.

Considerada por él mismo como su mejor novela, dedicó los últimos meses de su vida a escribir esta impactante obra coral donde las mujeres son las principales protagonistas. En Las mujeres en el alba, dieciséis mujeres, todas ellas familiares de los caídos de aquel 23 de septiembre de 1965, o muy directamente conectadas con los hechos históricos acontecidos ese día, son la ventana a través de la cual el lector es testigo del dolor, del miedo, de la pérdida. Carlos Montemayor da voz a Herculana, Monserrat la madre, Albertina, Monserrat la hija, Estela la esposa, Carmen, Lupe, Esperanza, Alma la madre, Alma la hija, Paquita, Irene, Estela la hermana, Águeda, Nohemí, Bertha; madres, hijas, esposas, hermanas, amigas de aquellos hombres que se unieron a una lucha social. Duelo,  esperanza, fuerza para afrontar la muerte de sus esposos, hijos, hermanos.  Pero también el orgullo para seguir luchando y jamás perder la esperanza.

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