Por: Tania Hélène Campos Thomas

Rosario Castellanos, escritora mexicana de extraordinarias palabras, sentenció hace mucho tiempo: “mujer que sabe latín, no tiene matrimonio ni buen fin”. Era el México de 1970, cuando lo que se dio por llamar “liberación femenina” apenas se expresaba tímidamente en nuestro país con la aparición de mujeres como Rosario que llevaron la defensa por la equidad de género al nivel del ejemplo. Han pasado más de tres décadas y nadie en su sano juicio puede decir que las mujeres no hayan demostrado ser más que capaces desempeñándose en ámbitos que antes les eran vetados. Aun cuando lamentablemente todavía es necesario enfrentar algunas batallas, el trabajo, el reconocimiento profesional y la obtención de dinero se volvieron parte del mundo femenino hace ya bastantes años.

Sin embargo, en algún lugar de este camino arduamente recorrido por las valientes mujeres que nos anteceden, algo sucedió con las relaciones intergenéricas: pareciera que la sociedad patriarcal decidió cobrarnos la factura, apartando de las mujeres independientes la posibilidad de formar un vínculo de pareja amoroso y estable. Para mujeres distintas se requieren hombres diferentes  que nos ayuden a no tener que elegir entre ser amas de casa sosegadas y dispuestas a asumir el rol tradicional de pareja o realizaremos profesionalmente, renunciando a compartir la vida con un hombre que nos respete. Rosario Castellanos sufrió en carne propia el dilema: escritora, docente, periodista y diplomática, destacó en cada una de esas facetas profesionales; murió en Tel Aviv siendo embajadora, en un accidente del que no pocos sospechan fue un suicidio relacionado con el desamor.

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