POR SÓCRATES A. CAMPOS LEMUS

EL TÍO CLAUDIO era un poco como aquel emperador romano, aunque sin las deformaciones de su cuerpo. Se perdía en los caminos de la vida y escondía muchas ocasiones sus sentimientos para sobrevivir. Siempre sonreía y su risa franca era como un chorro de agua clara cayendo en el jarro de barro de las montañas. Perdía su vista en las lejanas tierras como queriendo salir, pero tenía como una gran cadena que no le permitía escapar de su propia vida.

Caballos de color retinto, grandes y fuertes, con un cierto parecido a su amo. Claudio los acariciaba al cepillarlos, con cariño y cuidado cortaba con un machete afilado las varas secas del maíz y lo revolvía con granos, colocaba la comida en un bolso de ixtle y lo colgaba en el cuello del animal que comía como agradeciendo esos momentos. Después ensillaba al caballo y se abrían los portones para que salieran a un pequeño rancho cercano que tenía como nombre Santa Rosalía.

Ahí, fajada la pistola, colocado bien el sombrero y portando una chamarra corta, como que hablaba y respondía a sus preguntas dando respuestas que después aplicaba en sus cargos de Agente del Ministerio Público, de alcalde de la cárcel o de secretario de la presidencia.

Jamás escuché que alguien se refiriera mal de Don Claudio o de mi padre, la gente los respetaba como ellos lo hacían en aquellas tierras llenas de nubes, humedad y frío (por eso muchos cargaban sus jorongos de lana tejidos por algún lugar de la Sierra).

En su casa siempre estaba el café de olla listo al lado de tamales, aparecían de pronto cada vez que algún visitante llegaba y se le ofrecía café. Los techos de dos aguas siempre goteaban en las calles. La neblina de pronto, antes de caer el día, se asomaba en muchas calles y los focos se veían como fantasmas solitarios y tristes.Cerca de ahí estaba la casa de piedra: una casita de varios cuartos labrada en un monte de cantera blanca. Tenía varias historias, pero la que más me llamaba la atención era la que contaba que un preso que huía por los montes labró la casa donde se escondía.

Las minas de la cantera blanca eran lugares mágicos donde las pozas de agua se vestían de verde por las algas y dejaban picos para escalar. En sus tierras cercanas los jóvenes y niños cosechaban moras con las que, en Zacualtipán, se hacía vino de zarzamora. También se hacía vino de otras frutas, los amargos eran buenos, decían, para sacar los males del estómago y del hígado. El vino de naranja se hacía con las frutas que se mantenían por temporadas arriba de los fogones para que tomaran un sabor a humo se endulzaban con miel de la sierra.

Cerca estaba Tlahuelompa y Soyatla, unas pequeñas reuniones de casas de gente muy trabajadora. Ahí se hacían cazos y utensilios de cobre, se escuchaba en las casas el martillar entre el que se lograban filtrar las risas y las pláticas. Ahí también fabricaban con muchas ceremonias campanas de bronce: cada colada era un nuevo trato, nuevos rezos y agradecimientos porque las campanas son las voces de los vivos y los muertos en las capillas de los pueblos.

Gente bragada, no se notaba que fueran pendencieros, pero todos sabían que no se dejaban, al grado de que ahora, al paso de los años, son los que tienen las fábricas de calzado y de ropa en Zacualtipán. Ellos fueron tomando cada calle de esa población, por ello los “Soyaltecos” siempre son respetados, a la calladita conquistaron y se van por muchos sitios vendiendo o comprando.

A esa región dos llegaron árabes y judíos, desde sus tierras desembarcaron en Tampico y de ahí subieron a ver qué lograban. Lograron confundirse con los demás, pero sin duda el espíritu financiero y constructor lo dejaron en sus descendientes.

El padre de mi madre dejó por ahí una foto con un largo abrigo de lana negra como el que portan los judíos conversos, con la cabeza cubierta parece un rabino de pueblo. Mi tío Jorge, de ojos profundos y verdes, era calvo como un judío de los viejos tiempos, callado hasta para festejar o comer. En cambio, los parientes de mi padre tenían el toque árabe. Mi padre se parecía a Sadam Hussein, con la barba cerrada y el pelo chino.

De aquellas tierras llegaron la barbacoa y las pasiones a flor de piel, de allá salieron las formas de martillar los utensilios de cobre y de portar las armas que no se veían, pero se sabe que todos tienen. Muchos fueron arrieros para transportar los metales de las minas de Pachuca hasta el puerto de Tampico, hombres de palabra y confiables, no robaban ni se dejaban robar, de ahí que siempre hubiera historias de enfrentamientos o de amores, de discusiones que terminan con algún muerto, y a saber de quién es el “bultito”…

En muchas comunidades entre la Sierra y la Huasteca, hay bordadoras de tiras de chaquira y los trazos son como de historias de hadas y princesas de otros lados. Se hacen las blusas de gala, las ollas de barro tienen todavía los dibujos y adornos de los primeros tiempos, y recuerdo mucho un librito de mi padre que hablaba de esos trazos, escrito por algún viejo antropólogo de aquellos años, patrocinado por el presidente Cárdenas para entender las raíces de los pueblos, nuestros pueblos, nuestras historias olvidadas a través del tiempo.

Contaba mi padre que por los tiempos de la guerra Tampico era muy vigilado, pero que llegaban alemanes que fundaron el diario El Mundo con maquinaria alemana que regalaron a un grupo de periodistas simpatizantes del Reich. Incluso conoció por las escuelas rurales de la Sierra a un extraordinario doctor de origen japonés que estudiaba la flora y la fauna de la región y que, de pronto, un buen día salió a Tampico y se perdió, jamás se le volvió a ver.

Se decía que llegaban barcos raros con gente y cajas, o submarinos, que eran bien tratados en la zona y en otros puntos fuera del puerto. Por esa región desde entonces se conocía el famoso Paleocanal de Chicontepec, un mar de petróleo y de riqueza que de pronto nadie supo a dónde paró, no en los pueblos porque éstos siguen jodidos y pobres.

Somos pueblos ricos con gente pobres, esta ha sido la tragedia. Lo peor es que nos quedamos callados y esperamos a que alguien venga a darnos, no luchamos por lo que es nuestro, ante las historias de los matones que siguen asolando a los pueblos de la Sierra y la Huasteca, todos callados, huapangueando y tomando aguardiente de caña, corriendo carreras y jugando gallos…

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