Por: Tania Hélène Campos Thomas

Curiosa paradoja la de nuestros tiempos “modernos”. Aquí estamos buena parte de los seres humanos procurándonos alimentos que no hemos tenido que cultivar o cazar; haciendo uso del agua que llega hasta nuestras viviendas a través de largas tuberías que conducen al grifo que tenemos más próximo; prendiendo una computadora para saber de los amigos, arreglar negocios y cumplir con nuestro trabajo sin tener que aparecernos en una oficina. La modernidad nos allana el camino y facilita la consecución de metas, sobre todo de aquellas que están dirigidas al consumo y a la generación de capital. Pero también nos quita el sentido, el rumbo. y eso es quizá lo peor que puede sucederle a un ser humano.

Estamos tan inmersos en la lógica del consumo que vamos perdiendo el camino: un día nos sentimos perdidos, tan perdidos que cada vez más seres humanos jóvenes y en pleno uso de sus facultades optan por el suicidio. «¿Pero cómo?, ¡si lo tenía todo!», exclaman consternados los familiares… Todo no, había algo que faltaba a su vida: sentido. En términos estrictos vivir no requiere forzosamente un sentido: al parecer, animales y plantas viven cumpliendo el cometido que la vida les ha asignado, sin conciencia del mismo y sin falla nacen, crecen, se reproducen y mueren; de este modo dan continuidad a la existencia de su especie, a su vez posibilitando la vida de otras especies en un delicado equilibrio al que llamamos naturaleza. 

Sin embargo, los seres humanos somos animales raros: pensamos de un modo, si no exclusivo, sí único y, por eso, nuestra vida es algo que no podemos asimilar sin un sentido, al menos no de manera que nos satisfaga y nos permita sentirnos felices. Como ha demostrado Viktor Frankl, psicoanalista sobreviviente a los campos de exterminio alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, incluso para sobrevivir los seres humanos necesitamos otorgarle un sentido a nuestra vida. En su libro El hombre en busca de sentido, Frankl asegura haber visto cómo algunos reclusos en los campos de concentración nazis eran capaces de sobrevivir a los peores tormentos. La gran mayoría de los que sobrevivieron a las atrocidades del mandato de Hitler lo hicieron entre otras cosas gracias a que su vida tenía sentido para ellos, un sentido que ellos eligieron darle: si su vida entera llevaba un rumbo definido consciente y previamente por sí mismos cualquier suceso en el camino tendría sentido de igual manera.

No se trata de resignación sino de comprensión, de saber que lo que nos pasa sucede dentro de un contexto más amplio, el de nuestra vida que no se reduce a los momentos de desgracia. Se trata también de compromiso, de actuar conforme el sentido que otorgamos a nuestra vida. ¿Se ha preguntado para qué vive?, no por qué vive, sino para qué vive. La única respuesta que podemos dar a la pregunta «¿para qué vivo?» es la que nosotros elijamos arbitraria e individualmente: vivimos para lo que decidamos que vamos a vivir, así de sencillo, así de complejo.

Umberto Eco, erudito italiano, considera que la ética laica (la de quienes no nos asumimos como practicantes o creyentes de alguna religión institucionalizada), se funda en la certeza de «un otro futuro», es decir en la convicción de que el sentido de nuestra vida es construir y heredar a las siguientes generaciones un mundo mejor del que tenemos. Coincido: para mí (ya que esto es personal) el sentido de la vida es seguir el camino que creo que desemboca en la consecución de una sociedad más equitativa, menos violenta, más creativa, más constructiva. Y para usted, ¿cuál es el sentido de la vida?

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