El recuerdo de un espectáculo sonoro: Aurora Yaqui (primera parte)

Por: Tania Hélène Campos Thomas

Entre la luna y el sol no media algún arcano, sólo el alba; instante acuarela que entinta los cristales del que despierta. Negro segundo la noche que en el siguiente se hace mañana, a veces gris, casi siempre azulada: esta vez es roja. Ciudad de México, 6 de octubre de 2011, se presentó la aurora adelantada, eran casi las 10:00 p.m., temprano para mirarla. Con el cabello negro y lacio cubriéndole la cara, Aurora Yaqui se coloca en una silla al centro de la nave, a sus pies hay un micrófono, un sofisticado aparato que graba-reproduce sonido y la luz granada.

            Paredes con arcos de aguja apuntan al cielo, cubierto de lona porque no hay techo; nos cobijan las ruinas de una capilla anglicana que se ladea sin ser notada en el centro de la calle, muy cerca de un campamento de indigentes que hace no tanto llegaron; temporales y en los márgenes como ellos, atestiguamos la construcción de piezas sonoras desde la performatividad y la voz amplificada que propone-dispone Aurora Yaqui.    

            No hay mar, pero dentro de la nave se escuchan tempestades que provienen de un centro más interno, el viento sale con fuerza desde el plexo femenino que se arquea. Del misterio a los buenos augurios está tendido el puente: en un extremo el oculto daño, en el otro la confianza ciega. En el medio, el cangrejo se descoraza: sin pinzas lo da todo, sólo entrega, deja el sombrero para que se oculte la liebre. Luego un ave (o varias), llamados agudos cuelgan del aire que aún suena y aparece con chasquidos de lengua una serpiente que sumerge el cascabel entre las aguas.           

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