El poder del silencio (tercera parte)

Por: Tania Hélène Campos Thomas

En nuestra época, el ocio ya no ocupa un sitio importante: cuando tenemos un poco de tiempo disponible lo llenamos de ruidos sin sentido (prendemos la televisión o la radio, hablamos por teléfono, conversamos en Internet, etcétera) cuya única misión es “acompañarnos”, como si el estar consigo mismo fuera lo peor que puede sucederle a un ser humano. De este modo, no es extraño que acabemos agotados luego de un día “libre” repleto de actividades inútiles que nos han impedido restaurar la armonía. Ninguna mente puede mantenerse sana estando en comunicación continuamente, por ello no debe sorprendernos el incremento de enfermedades mentales y de tipo emocional que va marcando los nuevos tiempos.

Si queremos vivir mejor, personal y colectivamente, bien valdría la pena que aprendamos a hacer un alto en el camino de vez en cuando y valoremos el poder del silencio. Haga la prueba: regálese un silencio más o menos prolongado cada día y verá cómo aquello que le agobiaba deja de tener tanta importancia; opte por callar cuando lo que iba a decir nos son frases constructivas y encontrará menos enemigos en el camino; guarde silencio frente al dolor de un ser amado y descubrirá que sus sentimientos solidarios son mejor comprendidos que si los hubiera dicho. Por último, frente a los añejos resentimientos que haya albergado a lo largo de su vida, el perdón acudirá presto si recuerda que sólo con silencios es posible zurcir aquello que las infortunadas palabras han desgarrado.

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