El poder del silencio (segunda parte)

Por: Tania Hélène Campos Thomas

El silencio es vitalmente necesario: sólo cuando callamos es posible encontrarnos a nosotros mismos y atender las necesidades emocionales, mentales, incluso físicas, que tenemos como individuos. Quienes practican la meditación saben muy bien que un momento libre de palabras trae enormes beneficios: aclara la mente, armoniza nuestros pensamientos, aumenta la percepción, elimina la angustia, renueva la fuerza física y espiritual, la intuición se despierta, el sistema inmunológico es reforzado pero, sobre todo, nos conecta esencialmente con nuestra propia existencia, anclándonos de nueva cuenta a la vida cuando todo nos parecía perdido.

El respirar pausado de los meditantes procura acallar no sólo el espacio verbal, sino los pensamientos que nos abruman. El fin es conectarnos con el universo del que formamos parte, pues se considera que “abrirse al silencio” nos permite entendernos, ya no como creadores, sino siendo solamente creación, lo que nos despoja al menos momentáneamente de las pesadas cargas cotidianas. Comunitariamente, el silencio vale oro cuando hay un exceso de información contradictoria y se requiere actuar de manera conjunta, dirigiéndonos hacia un mismo lugar.

 Pero no hace falta hacernos adeptos del budismo para ser beneficiarios de lo que el silencio deliberado es capaz de producir en nosotros. En aquellas ocasiones en que la prisa de la vida moderna nos desequilibra tornándonos violentos y neuróticos, un par de minutos callados pueden devolvernos a nuestro centro y evitar auténticas desgracias. Frente a un problema complicado, concentrarnos brevemente en el dejar de decir ayuda a evaluar la situación con una mejor perspectiva; por eso es que solemos encontrar las soluciones a nuestros conflictos justo antes de dormir, el único instante en que permanecemos sin hablar.

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