El espejo de Freud (primera parte)

Por: Tania Hélène Campos Thomas

Según la teoría psicoanalítica elaborada por Sigmund Freud, los seres humanos nos acercamos al amor de pareja a partir de dos posibilidades: por apuntalamiento, cuando se busca a la madre o al padre en la persona que amamos, y desde el narcisismo, cuando lo que nos satisface del otro es el encuentro en él de una parte de nosotros mismos, sea de lo que deseamos ser, de lo que creemos ser o de lo que en efecto somos. Aunque sin duda ambos extremos son patológicos, todos nos movemos con matices o grados distintos dentro de ese universo de acción posible.

Por sí mismos, los motivos que animan a cada persona en la búsqueda del amor no son ni buenos ni malos. Por ejemplo, en lo que atañe al primer tipo de posibilidad que referimos (el apuntalamiento), que una mujer se sienta atraída por un hombre que le recuerda a su padre o que un hombre ubique algunas actitudes de su madre en la mujer a la que ama no es realmente un problema; que haya conflicto o no dependerá de cuáles son las características de los padres que se buscan: no es lo mismo sentir atracción hacia una persona que nos recuerda lo protectores, amorosos y cálidos que eran nuestros padres, que hacia alguien que se comporta autoritario, violento y agresivo, como lo hacen algunos progenitores.

En lo que respecta a la segunda posibilidad, podemos decir lo mismo que en el párrafo anterior: sentir afinidad con otra persona porque nos recuerda algo de nosotros mismos, o algo de lo que deseamos ser, está bien siempre y cuando eso que nos “engancha” al otro no sea destructivo. Aunque normalmente asociamos el narcisismo a cuestiones negativas, todas las personas requieren de un cierto grado de amor propio para poder relacionarse con los demás; en ese sentido es que la calidad de los nexos que entablamos con nosotros mismos puede determinar la manera en que nos vinculamos con los demás y no solamente en términos de pareja.

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