Self Injury: el dolor que libera (segunda parte)

Por: Tania Hélène Campos Thomas

La sensación de alivio después de haberse autolesionado es lo que define realmente el infierno en el que se encuentran quienes “se cortan”: dañan su cuerpo para liberar dolor emocional, generan en la piel las marcas de las heridas que llevan en el alma. Como sucede con muchos otros problemas que aquejan a la población que ha crecido con el uso de tecnologías, Internet es el espacio que alberga testimonios de quienes se autolesionan, sitios WEB que ofrecen a los internautas la posibilidad de entender mejor el padecimiento al que nos referimos, comprenderlo al menos en tanto la perspectiva de quienes lo sufren en primera persona, más allá de la información médica.

En sus páginas, los testimoniante nos hablan de algo sobre lo que poco sabemos y que podrían estar sufriendo gente cercana a nosotros en absoluto silencio, llevando sin ayuda de quienes los aman el peso de una enfermedad que, cuando se conoce, suele ser mal comprendida. Como bien lo explica en su blog Eva, una chica que se encuentra en recuperación desde hace poco más de un mes: “muchos creen que lo hacemos por llamar la atención pero se equivocan, es todo lo contrario, para no parecer débiles ante los demás tratamos de desquitar frustraciones, enojos, tristezas y decepciones (…) haciendo tangibles aquellas heridas que llevamos por dentro”.

En las bitácoras personales alojadas en la Red, la expresión de esta última idea es expresada continuamente por quienes intentan explicar, a sí mismos y al mundo, lo que les sucede cuando se hacen daño. En un site llamado Superficialidad Dolorosa, su autora (bajo el seudónimo de Ketara) lo cuenta así: “no busco la muerte, tal vez solo un poco de paz, y confundida lloro sola, sangrando queriendo detener lo imparable, buscando gritar, sola, confundida, sin fuerzas ni ganas de tenerlas para seguir”. También hay quien narra situaciones en las que prima la incomprensión de quienes rodean al enfermo: “tengo 16 años y yo lo hago sólo para sacar mi coraje (…) mi mamá se enteró y, en lugar de darme un abrazo o algo por el estilo, me pegó (…) Esto sólo hizo que lo haga más seguido y ahora ya no sé cómo parar”.

Los llamados de auxilio son frecuentes entre quienes escriben estas páginas y participan de foros donde comparten sus historias. Ellos, la mayoría adolescentes, están pidiendo ayuda de manera muy clara y nadie parece hacerles caso: “He tratado de no hacerlo más, pero lo veo casi imposible…ayer le iba a cortar el pelo a mi novio con una navaja y en eso discutimos y me quedé sola en mi habitación con la maldita navaja…no aguanté…hasta mis hermanas lo saben y no hacen nada y yo no sé qué hacer. Creo que todo esto me hace sentir menos querida…”. Por fortuna, existen también espacios en los que se intenta consolar y dar opciones para que estos casi niños aprendan a liberar sus emociones sin infligirse más dolor, hasta el punto de escribir como la chica del blog que dio pie a esta reflexión: “mi nombre es Eva y hoy llevo un mes dos semanas y cuatro días sin lesiones”.

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