Antonin Artaud en México (Segunda parte)

(La intersección visualizada)

Por: Alexandro Guerrero

Disruptivo, Artaud proyectará a partir del encuentro con México, el sentido de la creación como un estado de trance permanente: “El mes de marzo está terminando, Artaud viaja a Cuernavaca. Dos horas lo separan de la Ciudad de México y el tambor ritual que ha ido a escuchar. Un tambor. Una llamada. Una de esas paradas necesarias en toda peregrinación. En el aire se desenvuelve, se desarrolla, cubriéndolo, penetrándolo, un drama interior que lo impulsa, que lo mueve, como a los títeres sobre los cuales se le ha invitado a dar otra serie de conferencias”.

Términos contemporáneos que aplica la Antropología del Arte entran en juego para referirnos a Artaud como un visionario de la “intersección”. Por “intersección” se hace referencia al concepto geométrico de encuentro con dos líneas o punto común.

“El surrealismo nunca fue para mí más que una nueva especie de magia. La imaginación que tiene por objeto hacer aflorar a la superficie del alma lo que habitual- mente tiene escondido, debe necesariamente producir profundas transformaciones en la escala de las apariencias, en el valor de significación y en el simbolismo de lo creado”.

La transversalidad interdisciplinaria como concepto artístico contemporáneo se vislumbra en Artaud generando una reflexión respecto a la teatralidad como dimensión metafórica.

«Contradiciendo la idea que se enseña en las escuelas respecto a que el teatro ha salido de las religiones, intentaremos demostrar, por medio de ejemplos, que es la religión la que ha salido de los antiguos y primitivos ritos del teatro”.

Después de tres meses de buscar apoyo, consigue que el ministro de Educación Nacional le otorgue el título de misión, de modo que podrá pernoctar gracias a una carta en las Escuelas públicas que encuentre al paso de viaje iniciático, será en agosto, que Artaud viaja en tren hasta Chihuahua.

 “Artaud buscó aquí el conocimiento espiritual propio del amanecer del hombre, de la revelación de los orígenes, que lo liberara del fracaso de la civilización moderna”. “Artaud sabía que en México el indio era considerado como una raza inferior, como un salvaje sumergido en la superstición, el primitivismo, la magia y la ignorancia”. Escribiera Carlos Montemayor en “Los tarahumaras. Pueblo de estrellas y barrancas”.

Llegó Antonín Artaud de la Ciudad de Chihuahua por tren hasta Estación Creel o Boconoya en la Sierra Tarahumara la tercera semana de agosto de 1936, prosiguiendo a caballo hasta Sisoguhi y Norogachi. “La montaña de los tarahumaras relata una poética y fabulosa historia…muestra un cuerpo humano atormentado sobre una roca”, escribió.

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