Aproximaciones al silencio (primera parte)

Por: Tania Hélène Campos Thomas

Hablar del silencio es una paradoja, quizá la más intrincada porque el silencio es frágil hasta la desmesura; cuando se le nombra se le rompe, pues no hay manera de describirlo sin lo que niega, el decir. Aquello que resguarda el silencio es el arma que habrá de desgarrarlo, nunca se sabe qué tan preciso será el corte que provocarán en él las palabras. Del vocablo latín silentium, nos dice la Real Academia de la Lengua Española, proviene la palabra silencio, definida como “abstención de hablar”, “falta de ruido”, “falta u omisión de algo escrito”. Según estas acepciones, el silencio es ausencia, aunque es innegable su presencia; el silencio se define por lo que no es, pero es…

No pueden pasarse por alto dos conceptos que emergen en las definiciones anteriores, la primera quizá de forma involuntaria (falta), la segunda introducida aquí por mí deliberadamente (ausencia). La falta nos remite sin duda a Lacan, mientras que la ausencia forma parte de lo que Derrida ha llamado huella y, a su vez, la huella es un concepto presente en toda la obra de Freud (en específico la huella mnémica). Para Lacan, la falta ocasiona el surgimiento del deseo, pero en primera instancia lo que se desea es el ser mismo, porque la falta es primero la falta de ser. Es en una segunda instancia que la falta se relaciona con la demanda, cuando es falta del tener. Si el silencio es falta, lo es más en el sentido del ser que del tener: no es falta de algo que no se tiene y se desea, sino la falta de lo que se es y de lo que se demanda ser.

En términos simples, Freud refiere a la huella mnémica para dar cuenta de la forma en que se inscriben ciertos acontecimientos en la memoria, alojándose en diversos sistemas del aparato anímico donde permanecen en una suerte de latencia, pues se reactivan cada tanto y dependiendo de diversas circunstancias. De tal manera que para Freud la huella es y está indudable y sólidamente presente, aunque no siempre en el ámbito de la consciencia. En cambio para Derrida la huella es la presencia de la ausencia; pero no sólo, va mucho más allá; la huella es lo que no se inscribe (no es inscripción como en la propuesta de Freud), es la borradura y no lo borrado, mucho menos que lo que lo sustituye. Si el silencio es huella, lo es en tanto es más que lo que se calla; es en sí mismo, no suple lo no dicho, podría decirse que lo resguarda. En este sentido el silencio es, como en música, pausa, puente que une lo no silente entre sí.

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